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¿Y si hoy fuera tu último día?

19 oct
3 min de lectura

Vivimos haciendo planes para mañana. Trabajamos para conseguir estabilidad económica, ahorrar, comprar una casa, disfrutar de nuestra familia y alcanzar metas personales. Muchas de estas aspiraciones son legítimas, pero existe una realidad que fácilmente olvidamos: ninguno de nosotros tiene garantizado el día siguiente. Personas que ayer estaban trabajando, haciendo planes o compartiendo con sus seres queridos hoy ya no están. La muerte no distingue edades, posiciones económicas ni proyectos pendientes. Sin embargo, vivimos como si siempre tuviéramos tiempo suficiente para cambiar, reconciliarnos con alguien o acercarnos a Dios. El problema no es hacer planes para el futuro, sino vivir tan concentrados en esta vida que olvidamos prepararnos para la eternidad.


Jesús contó la historia de un hombre rico cuyas tierras habían producido una cosecha abundante. Aquel hombre decidió construir graneros más grandes para almacenar sus bienes y disfrutar tranquilamente de muchos años de prosperidad. Su error no fue trabajar, administrar sus recursos o tener abundancia. El problema estaba en que toda su seguridad descansaba en lo que había acumulado. Pensaba que sus riquezas podían garantizarle un futuro prolongado, pero aquella misma noche su vida terminaría. Entonces todo lo que había guardado quedaría atrás. Podemos dedicar años enteros a construir una vida cómoda y, al mismo tiempo, descuidar lo único que seguirá teniendo importancia cuando nuestra existencia terrenal llegue a su fin.


Esta parábola nos invita a considerar seriamente nuestra relación con Dios. Muchas personas reconocen que necesitan acercarse a Cristo, pero continúan posponiendo esa decisión. Algunas esperan resolver primero sus problemas; otras desean disfrutar ciertos placeres antes de abandonar una vida de pecado. También existen quienes creen que asistir a una iglesia, realizar buenas obras o considerarse personas decentes será suficiente delante de Dios. Pero la salvación no se compra con dinero ni se obtiene por méritos humanos. Es un regalo de la gracia de Dios que recibimos por medio de la fe en Jesucristo. Él murió por nuestros pecados y resucitó para darnos esperanza de vida eterna. Prepararse para la eternidad comienza reconociendo nuestra necesidad de Cristo, arrepintiéndonos y poniendo nuestra confianza en Él.


Pensar en la muerte no significa vivir aterrorizados ni abandonar nuestras responsabilidades. Significa reconocer el valor de cada día y aprender a utilizarlo con sabiduría. Todavía tenemos oportunidades para amar a nuestra familia, pedir perdón, reparar una injusticia, ayudar a alguien y compartir el evangelio. También podemos trabajar, disfrutar de las bendiciones de Dios y planificar responsablemente, sin convertir las cosas materiales en el centro de nuestra existencia. La incertidumbre de la vida no debe llevarnos a la desesperación, sino a vivir con una perspectiva eterna. No conocemos cuánto tiempo nos queda, pero sí podemos decidir cómo vivir el tiempo que Dios nos permite tener hoy.


Reflexión

El hombre de la parábola tenía riquezas, proyectos y grandes expectativas para su futuro. Lo que no tenía era el control sobre la duración de su propia vida.

Así sucede con nosotros. Podemos organizar nuestra agenda, hacer inversiones y preparar los próximos años, pero ninguno puede garantizarse un día más de existencia.

La eternidad es demasiado importante para dejarla siempre para después. Nuestra relación con Dios merece atención hoy, mientras tenemos la oportunidad de escuchar su Palabra y responder a su llamado.


La mayor tragedia no sería partir de este mundo sin haber cumplido todos nuestros sueños, sino haberlo tenido todo y haber vivido sin Cristo.


Preguntas para reflexionar

  • ¿Estás viviendo consciente de que tu tiempo en esta tierra es limitado o actúas como si siempre tuvieras un mañana asegurado?

  • ¿Has dedicado más esfuerzo a construir tu seguridad económica y material que a cuidar tu relación con Dios?

  • ¿Existe algún pecado, una reconciliación pendiente o una decisión espiritual importante que continúas dejando para después?

  • ¿Si hoy terminara tu vida, en quién estaría puesta tu confianza para la eternidad: en tus propios méritos o en Jesucristo?


Que este mensaje no se quede solo en una lectura, sino que te acompañe hoy. Dios conoce lo que necesitas, pero también observa el corazón con el que te acercas. Permanece firme, porque cuando tu oración es sincera, tu vida comienza a reflejar esa relación.


Este mensaje es parte del ministerio Tesoros en el Cielo, creado para edificar tu vida y acercarte más a Dios cada día. Nos leemos en el siguiente devocional.


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