Renuncia a tu orgullo
El orgullo no siempre aparece como arrogancia evidente. Algunas veces se manifiesta cuando nos cuesta pedir perdón, cuando necesitamos tener siempre la razón, cuando sentimos que ciertas tareas están por debajo de nosotros, cuando nos molesta que otro reciba el reconocimiento o cuando esperamos constantemente que los demás cedan primero. Pablo presenta frente a todo esto el ejemplo más grande de humildad: Jesucristo. Él no comenzó hablando simplemente de una actitud positiva, sino diciendo: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús”. La humildad cristiana tiene un modelo concreto, y ese modelo es Cristo.
Jesús, siendo quien era, tomó “forma de siervo”. Esto no significa que dejara de ser Dios, sino que voluntariamente asumió la condición humana y el camino del servicio. El Rey sirvió. El Señor se humilló. Aquel que merecía toda honra no vivió buscando constantemente que los hombres reconocieran su grandeza. El orgullo pregunta: “¿Por qué tendría que hacerlo yo?”. La humildad pregunta: “¿Cómo puedo servir?”. El orgullo protege obsesivamente su posición; Cristo estuvo dispuesto a descender. Cuando comprendemos quién es Jesús y contemplamos hasta dónde estuvo dispuesto a llegar, muchas de las cosas que nosotros consideramos demasiado pequeñas para hacer comienzan a verse diferentes.
El texto continúa diciendo que Cristo “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Su humildad no fue solamente una actitud interior; se manifestó en obediencia. Allí encontramos una de las pruebas más profundas contra nuestro orgullo: estar dispuestos a obedecer a Dios incluso cuando hacerlo contradice nuestros deseos, nuestra comodidad o nuestra necesidad de quedar bien delante de otros. Algunas veces renunciar al orgullo significará reconocer: “Me equivoqué”. Otras veces será pedir perdón primero, aceptar una corrección, escuchar a alguien, servir sin reconocimiento o dejar de insistir en ganar una discusión que solamente está destruyendo una relación.
Renunciar al orgullo tampoco significa permitir que otros nos humillen, negar el valor que Dios nos ha dado o permanecer en situaciones de abuso. La humildad de Cristo no fue debilidad; fue una decisión voluntaria de poner la voluntad del Padre por encima de la exaltación propia. Nosotros también necesitamos pedir a Dios que nos muestre dónde el orgullo está gobernando nuestras decisiones. Quizá no necesitas defender constantemente tu imagen, demostrar que sabes más o asegurarte de recibir crédito por todo lo que haces. Cuando Cristo ocupa el centro, disminuye nuestra necesidad de ocuparlo nosotros. La verdadera grandeza cristiana comienza cuando dejamos de preguntarnos cuánto reconocimiento recibiremos y empezamos a preguntarnos cuánto de Cristo pueden ver los demás en nuestra manera de vivir.
Reflexión
El orgullo puede esconderse detrás de muchas actitudes que hemos llegado a considerar normales. Por eso necesitamos mirar constantemente a Cristo. Él tenía toda autoridad y, sin embargo, escogió el camino del servicio, la humildad y la obediencia.
Renunciar al orgullo no disminuye tu valor. Significa que ya no necesitas demostrar constantemente tu valor delante de los demás.
Preguntas para reflexionar
¿En qué situaciones te cuesta más reconocer que te equivocaste?
¿Necesitas tener la razón incluso cuando insistir está dañando una relación?
¿Hay alguna responsabilidad que consideras demasiado pequeña para ti?
¿Qué área de tu vida necesita reflejar más claramente la humildad de Jesucristo?
Que este mensaje no se quede solo en una lectura, sino que te acompañe hoy. Dios conoce lo que necesitas, pero también observa el corazón con el que te acercas. Permanece firme, porque cuando tu oración es sincera, tu vida comienza a reflejar esa relación.
Este mensaje es parte del ministerio Tesoros en el Cielo, creado para edificar tu vida y acercarte más a Dios cada día. Nos leemos en el siguiente devocional.
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