Cuando señalas el pecado y olvidas el tuyo
Es fácil reconocer con rapidez aquello que está mal en la vida de otra persona. Podemos señalar su carácter, decisiones, pecados, manera de hablar o conducta y sentir que tenemos claridad para explicar todo lo que debería cambiar. Sin embargo, Pablo dirige la mirada hacia quien está señalando y le hace una confrontación mucho más personal: “tú que juzgas haces lo mismo”. El problema no era reconocer que ciertas conductas eran pecado; Pablo mismo había hablado claramente acerca del pecado. El problema era condenar al otro desde una posición de superioridad mientras quien juzgaba se negaba a examinar seriamente su propia vida.
Esto también puede ocurrir entre nosotros. Podemos condenar la mentira de alguien mientras nosotros exageramos cuando nos conviene; señalar el orgullo mientras nos cuesta reconocer un error; criticar la falta de perdón mientras guardamos resentimiento; hablar de la vida espiritual de otros mientras descuidamos nuestra propia comunión con Dios. Algunas veces somos especialmente sensibles al pecado que vemos afuera y sorprendentemente tolerantes con aquello que hemos aprendido a justificar dentro de nosotros. La Palabra de Dios no fue dada solamente para mostrarnos qué necesitan corregir los demás; primero debe convertirse en un espejo delante de nuestro propio corazón.
Esto no significa que un cristiano nunca pueda corregir, advertir o confrontar el pecado. La Biblia también enseña a restaurar al que ha caído, pero Gálatas 6:1 añade: “con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo”. La diferencia está en la actitud. No es lo mismo acercarse pensando: “Yo soy mejor que tú”, que hacerlo reconociendo: “Yo también necesito diariamente la gracia de Dios”. Cuando recordamos de qué hemos sido perdonados, nuestra manera de corregir cambia. Seguimos llamando pecado al pecado, pero desaparecen la arrogancia, el placer de señalar y la necesidad de humillar a quien ha fallado.
Pablo termina recordándonos que la benignidad de Dios nos guía al arrepentimiento. Antes de utilizar la verdad solamente para examinar la vida ajena, debemos permitir que esa misma verdad examine la nuestra. Quizá existe algo que llevamos tiempo señalando en otras personas mientras Dios intenta mostrarnos una condición parecida en nuestro corazón. El arrepentimiento comienza cuando dejamos de utilizar los errores ajenos para sentirnos mejores y nos presentamos con sinceridad delante del Señor. Antes de levantar el dedo para señalar, necesitamos tener la humildad de preguntarnos: ¿qué necesita Dios corregir primero en mí?
Reflexión
Reconocer el pecado no es incorrecto, pero podemos utilizar una verdad correcta con un corazón equivocado. Dios no nos llama a ignorar el pecado; nos llama a abandonar la hipocresía y a recordar que todos necesitamos su gracia.
Antes de examinar constantemente la vida de los demás, permite que la Palabra de Dios examine la tuya.
Preguntas para reflexionar
¿Eres más rápido para identificar las faltas de otros que para reconocer las tuyas?
¿Hay algún pecado que condenas en otras personas pero justificas cuando aparece de otra manera en tu propia vida?
Cuando corriges a alguien, ¿lo haces buscando su restauración o solamente demostrar que está equivocado?
¿Qué área de tu vida necesitas presentar hoy delante de Dios con verdadero arrepentimiento?
Que este mensaje no se quede solo en una lectura, sino que te acompañe hoy. Dios conoce lo que necesitas, pero también observa el corazón con el que te acercas. Permanece firme, porque cuando tu oración es sincera, tu vida comienza a reflejar esa relación.
Este mensaje es parte del ministerio Tesoros en el Cielo, creado para edificar tu vida y acercarte más a Dios cada día. Nos leemos en el siguiente devocional.
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