Servir con alegría en la casa de Dios
- Tesoros en el cielo

- 31 ago 2025
- 4 Min. de lectura
Lectura bíblica: Colosenses 3:23-24
Mariana era una niña muy activa en su iglesia. Le gustaba cantar en el coro, ayudar a recoger las sillas después del culto y repartir los programas en la entrada. Siempre estaba lista para participar en todo, pero había algo que a veces le pasaba: lo hacía con mala gana, sobre todo cuando quería quedarse jugando con sus amigas o descansando en casa. En su corazón aparecían pensamientos como: ¿Por qué siempre yo? ¿Por qué nadie más ayuda?.
Un domingo, su maestra de escuela dominical les enseñó que ayudar en la iglesia no es una carga, sino un regalo. Con una sonrisa les dijo:
—Servir con alegría demuestra que entendemos que todo lo que hacemos es para Dios y no solo para las personas.
Mariana se quedó pensando en esas palabras durante todo el día. Entendió que aunque sus manos se cansaran o nadie le dijera “gracias”, Dios siempre veía lo que ella hacía. Esa semana, cuando la invitaron a apoyar en la limpieza del salón, casi dijo que no. Pero recordó el versículo que habían memorizado y decidió hacerlo con otra actitud. Mientras barría, levantó una oración sencilla:
—Señor, gracias porque puedo servirte con mis manos.
Y algo cambió en su corazón. De pronto, lo que antes parecía pesado se volvió especial. Sintió gozo y descubrió que cuando servía con alegría, no solo ayudaba a la iglesia, sino que ella misma se sentía más cerca de Dios.
Otro día, mientras repartía los programas en la entrada, algunos niños entraron corriendo y ni siquiera le dieron las gracias. Mariana estuvo a punto de molestarse, pero recordó que debía despojarse de la queja y el enojo. Decidió sonreír y entregar los folletos como si se los diera directamente a Jesús. En su corazón entendió que servir no se trata de recibir aplausos, sino de dar amor.
Tiempo después, cuando la maestra pidió voluntarios para ayudar a limpiar después de una actividad, varios niños se escondieron para no hacerlo. Mariana también pensó en no levantar la mano, pero recordó que debía revestirse de alegría y gratitud. Se acercó y dijo:
—¡Vamos a hacerlo juntos, así terminamos más rápido!
Su buena disposición animó a los demás, y poco a poco se unieron varios niños. Todos trabajaron alegres y terminaron antes de lo esperado. Ese día, Mariana comprendió que cuando alguien sirve con entusiasmo, puede inspirar a otros a hacer lo mismo.
En casa, su mamá le recordó el ejemplo de Jesús: aunque Él era el Hijo de Dios, no vino para que lo sirvieran, sino para servir y dar su vida por muchos. Mariana se imaginó a Jesús lavando los pies de sus discípulos, y se dio cuenta de que cada vez que acomodaba sillas, barría el piso o entregaba un programa con una sonrisa, estaba siguiendo los pasos de su Maestro.
Desde entonces, Mariana decidió que cada cosa que hiciera en la iglesia sería como una ofrenda para Dios. Aprendió que debía despojarse de la queja y el desánimo, y revestirse de amor, paciencia y alegría. Así, hasta las tareas más pequeñas podían convertirse en una forma de adorar al Señor.
Pregunta a tus hijos cual es la enseñanza que aprendieron hoy...
Enseñanza de hoy: Servir con alegría honra a Dios.
¿Qué cosas te cuesta hacer en la iglesia sin quejarte?
¿De qué actitudes necesitas despojarte para servir mejor?
¿Cómo puedes revestirte de alegría y gratitud la próxima vez que ayudes?
Dios nos recuerda que todo lo que hacemos en Su casa tiene valor cuando se hace con un corazón alegre y agradecido. Muchas veces podemos caer en la queja, en el desánimo o en la flojera, pensando que servir en la iglesia es una carga. Pero la Palabra de Dios nos enseña que debemos despojarnos de esas actitudes que no agradan al Señor y revestirnos de gratitud, paciencia y gozo. Servir no es para que nos aplaudan o nos den las gracias, sino porque amamos a Dios y sabemos que Él ve cada detalle.
Cuando ayudamos con alegría, no solo bendecimos a los demás, sino que también nuestro propio corazón se llena de paz y gozo, porque descubrimos que en cada acción pequeña —como acomodar una silla, limpiar un salón, cantar un himno o repartir un programa— estamos adorando al Señor. Jesús mismo nos dio el ejemplo: siendo el Hijo de Dios, no vino a ser servido, sino a servir. Así también nosotros debemos aprender a ver el servicio en la iglesia como una oportunidad para parecer más a Él.
Por eso, la verdadera enseñanza es que el servicio en la casa de Dios no es un deber pesado, sino un privilegio que refleja el amor de Cristo en nosotros.
Versículo clave: Colosenses 3:23-24
Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.
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