Formando buenos hábitos para honrar a Dios
- Tesoros en el cielo

- 15 ago 2025
- 3 Min. de lectura
Lectura bíblica: Efesios 5:15-16
David era un niño muy inteligente y creativo. Tenía facilidad para inventar juegos con sus amigos, le encantaba ver caricaturas y podía pasar horas montando su bicicleta por las calles de su vecindario. Sin embargo, había algo que constantemente olvidaba: leer su Biblia.
Cada domingo, en la escuela dominical, su maestra pedía que todos memorizaran un versículo durante la semana. Los demás niños lo recitaban con seguridad, pero David siempre batallaba porque lo dejaba para el último momento. Muchas veces se quedaba tartamudeando, repitiendo mal las palabras o simplemente callado, con la cabeza baja y los cachetes colorados de vergüenza. Eso lo hacía sentirse frustrado y pensaba: “Quizá yo no sirvo para memorizar.”
Una tarde, después de un culto, su abuelo lo llamó al jardín. El hombre, de cabello canoso y voz profunda, llevaba en la mano una Biblia bastante usada, con las hojas marcadas y muchas notas en los márgenes. Lo miró con ternura y le dijo:
—David, he notado que en la escuela dominical siempre batallas para memorizar los versículos. ¿Sabes por qué pasa eso?
David bajó la cabeza y, con un suspiro, respondió:
—Porque no tengo buena memoria, abuelo.
El abuelo sonrió con paciencia, puso la Biblia sobre sus piernas y dijo:
—No es tu memoria, hijo, es tu hábito. Cuando entrenas para andar en bicicleta, al principio te caes, ¿verdad? Pero después, con práctica, pedaleas sin miedo. Lo mismo pasa con la Palabra de Dios. Si solo la lees de vez en cuando, siempre te va a costar trabajo. Pero si la lees y la memorizas todos los días, tu corazón se fortalecerá y tu mente se llenará de la verdad de Dios.
David lo escuchó en silencio. Aquellas palabras se clavaron en su corazón como una semilla lista para germinar. Esa misma noche, antes de dormir, abrió su Biblia en el libro de los Salmos y decidió leer un capítulo corto. Después repitió un versículo varias veces, hasta que logró recordarlo sin mirar la página. No fue fácil; se distrajo, bostezó y hasta pensó en dejarlo, pero recordó la voz firme de su abuelo: “Es tu hábito, hijo, no tu memoria.”
Los días pasaron y David comenzó a ser más constante. Leía unos minutos cada mañana y antes de dormir repasaba un versículo. Poco a poco, lo que al principio parecía una tarea aburrida se convirtió en un momento especial. Empezó a sentir gozo, como si Dios mismo le hablara en cada lectura.
Con el paso de los meses, David notó la diferencia. Ya no tenía que luchar tanto en la escuela dominical, porque la Palabra estaba fresca en su mente y en su corazón. Sus compañeros se dieron cuenta también, y su maestra lo felicitó varias veces por la seguridad con la que decía los versículos. Eso le dio ánimo para seguir firme en su nuevo hábito.
Un día, un amigo de la escuela lo invitó a hacer algo incorrecto: “Vamos a copiar en el examen, nadie se dará cuenta.” Por un momento, David sintió la presión, pero en ese instante recordó un versículo que había memorizado:
"En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti" (Salmo 119:11).
Ese recuerdo lo fortaleció y le dio valor para decir con firmeza:
—No, gracias. Prefiero hacer lo correcto.
Su amigo se burló un poco, pero David se fue tranquilo a su casa. Mientras pedaleaba en su bicicleta, sonrió y pensó: “Vale la pena llenar mi corazón con la Palabra. Ella me da fuerzas para vencer.”
Pregunta a tus hijos cual es la enseñanza que aprendieron hoy...
Enseñanza de hoy: Memorizar la Palabra protege nuestro corazón.
¿Qué cosas ocupan más tu tiempo en el día?
¿Lees la Biblia todos los días o solo cuando te acuerdas?
¿Tienes el hábito de memorizar versículos?
David descubrió que los buenos hábitos espirituales no se forman de un día para otro, pero con constancia se convierten en una disciplina que transforma la vida. Así como se entrena el cuerpo para ser fuerte, también debemos entrenar nuestro espíritu leyendo la Palabra, orando y memorizando versículos.
La Biblia nos recuerda que debemos aprovechar bien el tiempo porque los días son malos.
Eso significa que hay muchas distracciones, tentaciones y ocupaciones que pueden alejarnos de Dios, pero si invertimos nuestros días en lo eterno, seremos sabios y estaremos preparados para enfrentar lo que venga.
Versículo clave: Efesios 5:15-16
Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos.
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