Ayudar a otros en sus necesidades: Un corazón dispuesto
- Tesoros en el cielo

- 24 ago 2025
- 3 Min. de lectura
Lectura bíblica: Hebreos 13:16
Lucía era una niña muy aplicada en la escuela. Siempre llevaba sus cuadernos bien ordenados, sus lápices afilados y una sonrisa dispuesta para aprender algo nuevo. Además, le encantaba participar en las actividades de la iglesia: cantaba en el coro infantil, ayudaba a repartir himnarios y no se perdía la escuela dominical.
Una mañana, mientras todos los niños corrían al recreo, Lucía notó que una compañera estaba apartada en un rincón del patio. Sofi, una niña callada y tímida, miraba el suelo con los ojos entristecidos. No jugaba, no reía, solo permanecía en silencio.
Lucía, movida por la curiosidad y la compasión, se acercó y le preguntó:
—¿Por qué no estás jugando con los demás?
Sofi levantó la mirada y susurró con voz apagada:
—Es que olvidé traer mi lonche… y no tengo nada para comer.
Lucía abrió su mochila. Dentro había un sencillo sándwich y una manzana, lo justo para ella.
Su primer pensamiento fue egoísta: Si comparto, me voy a quedar con hambre. ¿Y si después no aguanto hasta la hora de la comida?. La duda la hizo vacilar por un instante.
Pero casi de inmediato vino a su mente una frase que su maestra de escuela dominical repetía con frecuencia:
—Niños, cuando ayudan a otros, no pierden nada; al contrario, ganan la sonrisa de Dios.
Lucía respiró profundo, sonrió y partió su sándwich por la mitad. Luego entregó también la mitad de su manzana.—Aquí tienes, Sofi, comparte conmigo.
Los ojos de Sofi se iluminaron, como si alguien hubiese encendido una pequeña luz en su corazón.
—Gracias, Lucía —dijo emocionada—. Hoy pensaba que nadie se fijaría en mí.
El resto del recreo, ambas comieron y rieron juntas. Para Sofi, aquel gesto fue más que alimento; fue un recordatorio de que no estaba sola. Para Lucía, fue la oportunidad de experimentar la alegría de dar.
Esa tarde, al llegar a casa, Lucía contó lo sucedido a su mamá. Ella sonrió y le respondió:
—Hija, cuando ayudas a alguien, aunque sea con algo pequeño, estás obedeciendo a Dios. Él se agrada de esos actos porque reflejan el corazón de Jesús.
Al orar antes de dormir, Lucía dijo:
—Señor, gracias por darme lo suficiente para compartir. Ayúdame a estar siempre atenta a las necesidades de los demás. En el nombre de Jesús, Amén.
El domingo siguiente, el pastor predicó sobre servir al prójimo y citó el versículo que Lucía jamás olvidaría:
Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber… (Mateo 25:35).
Entonces entendió que al dar un pedazo de su comida a Sofi, no solo había alimentado a una amiga, sino que había servido a Cristo mismo.
Con el tiempo, Lucía empezó a notar otras necesidades a su alrededor. A veces eran materiales: un compañero que necesitaba un lápiz, una vecina anciana que requería ayuda para cargar sus bolsas. Otras veces eran emocionales: un amigo que se sentía solo, un primo que necesitaba alguien que lo escuchara. Descubrió que ayudar no siempre significaba dar cosas, sino también regalar tiempo, compañía y palabras de aliento.
Lucía aprendió que cuando uno da, aunque sea poco, Dios multiplica esa acción. Y que la verdadera felicidad no está en recibir, sino en compartir.
Pregunta a tus hijos cual es la enseñanza que aprendieron hoy...
Enseñanza de hoy: Ayudar a otros agrada a Dios.
¿Qué puedes compartir hoy con alguien que lo necesite?
¿Cómo crees que se siente Jesús cuando ayudas a otro?
¿Te has dado cuenta de que a veces otros también necesitan de tu tiempo y tus palabras?
Ayudar a los demás, aun con lo poco que tengamos, es un acto que agrada a Dios. Cada vez que compartimos lo que tenemos, ya sea comida, tiempo, atención o palabras de ánimo, estamos reflejando el amor de Cristo. Servir a otros no solo bendice al que recibe, sino que también llena de gozo al que da, porque en realidad estamos sirviendo a Jesús mismo.
Versículo clave: Hebreos 13:16
Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.
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