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¿Y si el problema eres tú?

3 oct
2 min de lectura


David escuchó la historia que Natán le contó y rápidamente identificó al culpable. Se indignó, pronunció juicio y sabía exactamente lo que aquel hombre merecía. Lo que David todavía no comprendía era que estaba describiendo su propio pecado. Entonces llegaron cuatro palabras que atravesaron todas sus justificaciones: “Tú eres aquel hombre.” Es posible tener una enorme claridad para detectar lo que otros hacen mal y, al mismo tiempo, desarrollar una sorprendente ceguera hacia nosotros mismos.


Eso también ocurre en nuestra vida. Decimos que alguien es orgulloso, pero nunca reconocemos nuestro orgullo. Nos molesta que otros sean difíciles de tratar, pero pocas veces examinamos cómo respondemos nosotros. Culpamos constantemente al cónyuge, los hijos, los compañeros, la iglesia o las circunstancias. Y quizá algunas de nuestras quejas sean legítimas; reconocer nuestros errores no significa asumir culpas que no nos corresponden. Pero llega un momento en que necesitamos preguntarnos con sinceridad: ¿y si una parte del problema también está en mí?


Dios envió a Natán no solamente para descubrir a David, sino para conducirlo al arrepentimiento. La confrontación de Dios no busca simplemente avergonzarnos; busca sacarnos del engaño en el que podemos permanecer cuando justificamos nuestro pecado. David podía explicar muchas cosas, pero no podía cambiar lo que había hecho. Más adelante reconoció: “Pequé contra Jehová” (2 Samuel 12:13). Allí comenzó algo diferente: dejó de señalar hacia afuera y permitió que Dios tratara primero con su propio corazón.


Quizá hay una relación que siempre termina en conflicto, una actitud que todos parecen señalarte o una situación donde llevas mucho tiempo pensando únicamente en lo que los demás deberían cambiar. Hoy puede ser un buen momento para hacer una oración incómoda pero necesaria: “Señor, muéstrame qué necesito cambiar yo.” Tal vez descubrirás orgullo, palabras hirientes, falta de perdón, egoísmo o una actitud que llevas demasiado tiempo justificando. No tengas miedo de reconocerlo. Lo peligroso no es descubrir que estabas equivocado; lo peligroso es negarte a verlo cuando Dios quiere corregirte.


Reflexión

Es mucho más sencillo analizar el corazón de otra persona que permitir que Dios examine el nuestro.

David estaba preparado para juzgar al hombre de la historia hasta que descubrió que la historia también estaba hablando de él.

Antes de preguntar nuevamente quién tiene la culpa, atrévete a preguntarle a Dios: “¿Qué necesitas corregir en mí?”


Preguntas para reflexionar

  • ¿Existe algún defecto que señalas constantemente en otros pero toleras fácilmente en ti?

  • ¿En qué conflicto has pensado solamente en lo que la otra persona necesita cambiar?

  • ¿Cómo reaccionas cuando alguien te confronta con algo que hiciste mal?

  • ¿Qué actitud necesitas reconocer hoy delante de Dios sin justificarla?


Que este mensaje no se quede solo en una lectura, sino que te acompañe hoy. Dios conoce lo que necesitas, pero también observa el corazón con el que te acercas. Permanece firme, porque cuando tu oración es sincera, tu vida comienza a reflejar esa relación.


Este mensaje es parte del ministerio Tesoros en el Cielo, creado para edificar tu vida y acercarte más a Dios cada día. Nos leemos en el siguiente devocional.


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